Y ahí está él, no dejándote
quererte, sacrificándote para poder quererse. Y ahí estás tú una vez más, dejándole
consumirte, dejándole entrar en tus días, en cada hora de tu cabeza.
Esperándole en un uno
contra uno, luchando no contra ella, no contra él, luchando en un cara a cara contra
ti misma. Preguntándote preguntas a
las que no quieres responderte, respondiéndote a preguntas que no tienen respuestas. Consolándote
porque es más fácil vivir en presente, un presente con un pasado poco olvidado,
muy recordado aún que esté en un tiempo poco conjugado. Guardando los recuerdos
que te dejó de propina, balas color esperanza, que hoy adornan a unas
palabras con malas certezas.
Queriendo mal a quien no
le quiere de paso, le regala un eterno presente y unos primeros besos que latían
hasta una eternidad próxima.
Pero no te preocupes, con
cada latido deseo verte más lejos. Más lejos del rencor, más lejos del dolor, aún más de lo que no siento por temor. Porque me
cansé de observarte en silencio, quererte a medias, a gritos de miradas. Del
uso de una amistad que tenia sabor a cumplir condena. Se acabaron las insinuaciones no confesadas, los juegos en los que solo tú jugabas, los que cada vez que terminaban, me susurraban que solo eran producto de fantasías que solo yo deseaba.
Te digo adiós sabiendo que pierdo mi consuelo contigo, que se irán la complicidad y las ganas de volver atrás. Pero a sabiendas que mi corazón volverá a latir, y así, dejará de estar congelado esperando a que seas tú quien lo salve por fin.
Judith.


