Perdí mi inocencia, mi forma de llamar amor a quien solo amaba
con cada bello que en mi piel respiraba cuando le veía, tocaba, leía,
escuchaba, sentía. Perdí soñar con el asfalto, con su coche deslizándose hasta
el rio que le vio por última vez. No dejé nunca de imaginarme como fue, pero mi
cabeza se cansó de buscar una explicación a todo lo que pasó. Encontrarle
sentido a la suerte que se le escapó, al maldito destino que decidió que teníamos
que perdernos su tiempo, su voz. Desde entonces la vida mereció menos la pena,
y a la vez más, aunque no volveríamos a sentir igual, a no entender las cosas,
a creer que oriente jamás existió como una vez lo hizo.
Ahora al respirar respiraríamos por dos, a partir de ahí siempre habría un
pedazo de ti en mí. Descubrí que llorar dolía, dolía mucho. Que el pecho se deshacía,
que faltaba un hueco en mi vida, al lado de la silla, en frente del silencio
que empezó a aparecer cuando te fuiste lejos de aquí. Aun no entiendo porque tuvimos
que vivir sin ti, porque te tuvo que pasar a ti, porque mi parte egoísta necesita
saber de ti para poder vivir. Imaginarme que habría pasado, si quisiste huir de
la ciudad, si vivirías bajo la sombra de las ramas que te vieron partir para
nunca volver.
Que hubiese pasado si hubiésemos
tenido más risas por año, yo hubiese podido vivir sin cada minuto de silencio
que pasaba como una eternidad. Silencio roto por llantos, roto por
explicaciones que no explicaban nada, que no tranquilizaban, que no entendían,
que no entendíamos porque no ibas a volver ya mañana.
Así pasaron los meses, los años, no del todo convencidos, porque algo faltaba,
alguien nos llevábamos para siempre, con la responsabilidad de vivirte como si
aún
estuvieses presente.
Judith.

