Recorro avenida Carrilet,
a velocidad de desahogo, a velocidad de pensamiento. Freno sin frenos. Estoy a
punto de volar, miro hacia el lado, los recuerdos impiden a mis sentidos
aclararse, reaccionar.
Giro y ya estoy en Josep
Tarradellas, los semáforos esta vez me han dejado llegar a tiempo. Antes me
recuerdan a una Farga menos recorrida que ayer, más que mañana pero siempre llena
de esperas, llena de cafés a medias, llena de sillones. Llena de
contracorrientes, libros de historia, de revoluciones, de operaciones
imposibles. De memoria e impulsividad, de pocas ganas de salir y muchas ganas
de soñar. De compartir historias imposibles, amores nunca existidos, de
amistades rotas y de las verdaderas. De mundos a nuestros pies, de llantos de miedos,
de llantos de esperanza. De las treguas firmadas, los olvidos no recordados, y
de los no reconocidos.
Fuera de ella me espera
un rincón escondido lleno de horas perdidas, minutos de humo, segundos de no
quererse. Viviendo de prisa, perdiendo la noción, no sabiendo ser.
Y entro en un edificio
lleno de primeras veces. De volver a cometerme, de volver a conocerme, de
volver a colocarme con sus miradas, con sus besos sabor a mentira. Y después de
las primeras veces repetidas, de conocer cada rincón de cada pared, de cada
silla, de cada borde de cada mesa colocada a destiempo movida por las ganas de
compartirnos, me quedo mirando esa sala donde las esperas eran eternas, donde
los castigos sabían a justificación,
donde escribir aquellas palabras que nunca le dirías era la única
escapatoria a aquella cárcel de ti misma.
Aún escucho sus voces convenciéndose que solo
era un día malo, que solo éramos uno más, que podrían con esas jóvenes pocas
ganas incapaces de escucharles. Esas voces que te enseñaban mucho más de lo que
tu podías reconocer. Esas voces que eran más que voces repitiéndote que bajases
la tuya, que estuvieses atento porque aquello más adelante ibas a valorarlo más
de lo que lo estabas haciendo en aquellos momentos. Y que razón tenían, cuantas
lecciones de vida aprendidas gracias a ellos.
De repente mi cabeza se
para en una persona, en nueve meses compartidos con ella, en una despedida, en
otros cuatro meses sin saber de ella. En la peor de las noticias y en la mejor
a la vez. Su lucha, su valentía, la vida que le regalo y la que hoy ella va a
regalar.
Tantas personas, tantas palabras, tantos momentos compartidos. Arrepentimientos
que hoy son lecciones. Oídos que una vez fueron vuestros, que siempre serán
vuestros. Despedidas que nunca olvidaré, bienvenidas que siempre recordaré.
Ese edificio se quedó con
errores, con mentiras, con ganas de salir de el. Pero también con ganas de
luchar, con ganas de aprender, con más ganas de ellos. Con ganas de verles cada
dia, con echar de menos a personas que eran más que rutina, que eran lo que tú
hoy eres.
Un edificio que me ha
dado amores y desamores, que me dio las peores
de las amistades pero también las mejores, personas que siempre
permanecerán en mi vida. Abrazos de siempre, llantos de nunca.
Judith.