Esperaba en el
aeropuerto, tenía billete hacia la huida. Te sentaste en frente, y siendo
incapaz de mirar hacia tus ojos escuché como explicabas lo bien que te va al
dejarte llevar. Levanté la vista, y de repente me escocia el asiento, mi boca
se secaba y la tuya tenía el antídoto. Tu piel solo con mirarla derretía a la
mía, tus poros respiraban mi aire, se abrían y me llamaban a besarlos. Me
miraste, me sentí un blanco fácil, mientras mi corazón se aceleraba y bombeaba
toda la sangre de mi cuerpo, alterada, inquieta. Te acercaste, me agarraste,
crucé tu línea, me sentí en casa y tu olor me abrazó, me atrapó, me comprendió.
Me giro y camino a la
puerta de embarque, corres tras de mí, se para el tiempo, los turistas de
nuestras vidas desaparecen, bajo una cascada con clima tropical te beso, tu
sabor me invade, te conviertes, a la vez, en mi bebida y comida favorita.
Quiero quedarme así, quiero parar las horas, quiero acércame tanto que tu sabor
nos haga libres.
Después de resetearme,
después de abrirme en canal, extirparme mi ego, mi egoísmo. Después de hacerme
darle el papel protagonista, me deja una nota en la puerta ‘’cierra al salir’’.
Y yo que le he entregado lo más sincero de mí, me encuentro desnuda en
invierno, sin un colchón que me parezca cómodo, sin la alergia acostumbrada a
su mascota. Sin el calor de su olor, sin su humedad en mi boca.
Después de pedirme que me
escapara con ella de una rutina ahogada, me estrangula para quedarse con la
respiración que le di por placer. Después de demostrar a la física que el mundo
era más fácil si nos rozábamos, el miedo pone el exceso de química como excusa.
Sin ensayos, caí como víctima recortándome los parpados para no volver a soñar
con interrogantes.
Esta vez no reboté, me rendí, vuelvo a esconderme, vuelvo a la puerta de embarque hacia la huida, me escapo, adiós.
Esta vez no reboté, me rendí, vuelvo a esconderme, vuelvo a la puerta de embarque hacia la huida, me escapo, adiós.
Judith.