Creer es un acto altruista de fe, pero no gracias a dios,
solo eres tú el causante, el que tiene toda la culpa. Y ya no es porque creas
que juegas a por el gordo, sino porque afortunado la pedrea te consuela a creer
que solo por eso mereció la pena ver las bolas girar, las que te faltaron para
dejar de compararte con el vecino al que le llovieron menores, que no millones.
Si eres de los que llora viendo abrir la botella de champán
de otros, si te duele no decir lo que sientes, créeme, eres mayor profeta que
la cruz del mentiroso. Gastar las horas en miradas, reírte en las primeras
impresiones, y volverte a conocer cuando abres la puerta de la vidas nuevas que
trae el destino que renuevan la tuya pasada, son credo para el valiente.
La máxima salvación no es la religión del ateo, es la del
que cree que el amor no se trata solo de besar, sino de hablar de volverte
salvaje, volver a tu estado natural, a poner mala cara si te da la gana. A no
contenerte, a no asustarte, a aceptar los te quieros, a devolverlos sin paros
cardiacos. A despeinarte, a ser extremos
con puntos medios, con miedos que dejan sin aliento, que esconden batallas
intencionadas a acabar en guerra con rutinas
mal pagadas.
Judith.

