Empieza la música, notas agudas, puede que un teclado. Cada una me hace flotar en un mundo que me deja boca abajo. Observo un océano un poco movido, no hay grandes olas, pero las suficientes para dejarme llevar por esta corriente.
Veo luz en mis pies, siento presión en mis pulmones y en una cabeza que lleva el peso de estos instantes presentes, en los que disfruto estos detalles llenos de dolor intermitente. Pienso que es cuestión de tiempo que algo tire de mí, vacíe de mi interior este charco de búsquedas y me reencuentre con ese viaje lleno de oxigeno.
En cambio hay un burbuja que me separa de la superficie, pienso en que este naufragio era inevitable, una vez más el timón no se llevo bien con está ruta mal marcada por restos de ecosistemas pasados que también sabían cuál sería el final.
Puede que el exceso de mi equipaje volcase, o tal vez desgasté esta bandera blanca que acompañó el viaje, y no pudo guiarlo cuando se quedó a oscuras.
Una onda expansiva me lleva lejos, explosión de miedo, silencio que ruge, frio que golpea mi pecho, mi boca, mi cuerpo. Salgo a la superficie, y veo que estoy muy lejos, me cuesta respirar, te busco, no estas. Sigues ahí abajo, veo tu mano, la cojo, la sueltas, y entiendo entonces que aún no es tu momento. Veo el viaje, se va, no vienes, me voy, nado, no espero, me doy cuenta que tengo cortes y pienso en volverte a buscar. Creo que te escucho, te veo bucear, no sabes si salir a respirar.
Silencio.
Estoy sentada, miro mi piel, está fría y desnuda, seca.
Respiro.
Me pongo de pie, estoy en la superficie, y ya no puedo esperar más.
Empieza la música, notas agudas, puede que una guitarra.
Judith.
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