Mi cuerpo el humo que se evaporó dentro y hundió mis pecados.
Las mentiras el fuego creo, cenizas tatuadas en mis ojeras, que desafían al día
que a fuego espera las horas que se consumen, como el canuto que creía que
libre me hacía, pero presa me tenía. Me creía delincuente, mientras me
enamoraba con facilidad. Cautiva de la sangre verde que me liberaba de la
soledad, me consolaba mientras me ponía una careta.
Aprendí a ir despacio,
a no tener razón, echar raíces,
tatuarlas en mi piel y así poder borrar las cicatrices. Disfrutar al ver
llover, a caer en el borde. Empezar a
ver claro, chupar el humo que me nublaba y me hacía ver borrosas las gotas que
caían.
Perdí la parte de mí que no creía en mí, me rendí al alivio
del delirio, y por fin crecí. Me
vencí, y entendí que no importaba equivocarme una vez más. Me hice adicta a no
tener miedo a dormir sola, a marcar mi propio destino, a dibujar el mapa con
caminos indecisos. Al perdón del dolor que te ayuda a aprender.
Adicta a
tus ojos, a las miradas que chillan que son cautivas de un tatuaje que no
tienen sobre la piel. Que son la mejor compañía de una noche vacía, de un
verano frío como el faro que deslumbra a una playa que es dueña de dos mil
recuerdos. De vencer al miedo a no tener miedo, al de soñar despierta, sueños
que solo hablan de la verdad. Adicta a escribir de madrugada, sin cerillas que
enciendan la caña que me hacía perder una y otra vez.
Podó la
hierba que crecía, alta como el muro de dramas que desterraban a los fantasmas
que me ataban bajo un sótano de recuerdos que no avanzaban. La misma que me
sumergía en el mar de la sensación de volar, vuelo entre las ramas que me
pierden cuando quiero hablar. La misma también que contamina a la realidad, al
trago del trago por el que es necesario pasar.
Y ya acabo,
que siempre empiezo por la chaqueta y acabo desnuda. Desnudandome de sentidos que
me dejan muy lejos de la dirección que ya no me vuelve loca, que me enfría más
que me moja. Mojada me siento cuando me enciendo con el amor que no se compra,
ni va en bolsas que guardan el olor de lo irreal.
Judith.
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