jueves, 29 de noviembre de 2018

Desearía no saber amar


Esperaba en el aeropuerto, tenía billete hacia la huida. Te sentaste en frente, y siendo incapaz de mirar hacia tus ojos escuché como explicabas lo bien que te va al dejarte llevar. Levanté la vista, y de repente me escocia el asiento, mi boca se secaba y la tuya tenía el antídoto. Tu piel solo con mirarla derretía a la mía, tus poros respiraban mi aire, se abrían y me llamaban a besarlos. Me miraste, me sentí un blanco fácil, mientras mi corazón se aceleraba y bombeaba toda la sangre de mi cuerpo, alterada, inquieta. Te acercaste, me agarraste, crucé tu línea, me sentí en casa y tu olor me abrazó, me atrapó, me comprendió.
Me giro y camino a la puerta de embarque, corres tras de mí, se para el tiempo, los turistas de nuestras vidas desaparecen, bajo una cascada con clima tropical te beso, tu sabor me invade, te conviertes, a la vez, en mi bebida y comida favorita. Quiero quedarme así, quiero parar las horas, quiero acércame tanto que tu sabor nos haga libres.

Después de resetearme, después de abrirme en canal, extirparme mi ego, mi egoísmo. Después de hacerme darle el papel protagonista, me deja una nota en la puerta ‘’cierra al salir’’. Y yo que le he entregado lo más sincero de mí, me encuentro desnuda en invierno, sin un colchón que me parezca cómodo, sin la alergia acostumbrada a su mascota. Sin el calor de su olor, sin su humedad en mi boca.
Después de pedirme que me escapara con ella de una rutina ahogada, me estrangula para quedarse con la respiración que le di por placer. Después de demostrar a la física que el mundo era más fácil si nos rozábamos, el miedo pone el exceso de química como excusa. Sin ensayos, caí como víctima recortándome los parpados para no volver a soñar con interrogantes.

Esta vez no reboté, me rendí, vuelvo a esconderme, vuelvo a la puerta de embarque hacia la huida, me escapo, adiós.


Judith.

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